“Todas mis amigas tienen un pensamiento como este”, le dijo la mujer mientras le entregaba un delicado broche con forma de flor del pensamiento. Era su forma de explicarle: ya eres parte de mi vida.
Ángeles Fernández es una de esas voluntarias que es parte de San Juan de Dios desde hace una vida. Durante la pandemia, cuando todo el mundo se encerraba y las distancias nos alejaban, Ángeles no dudó en decir “sí” a la propuesta de participar en el Programa de acompañamiento de mayores en soledad no deseada del área de solidaridad UTIII de San Juan de Dios. Una iniciativa que buscaba acompañar y paliar la soledad de muchas personas mayores.
Con una trayectoria de más de 32 años como voluntaria en diversos centros de Madrid, desde centros para personas sin hogar hasta hospitales y centros de educación especial, su historia ya es parte de San Juan de Dios. En la pandemia, Ángeles no dudó en sumarse en este nuevo programa telefónico. Le asignaron dos mujeres mayores. Una de ellas, la protagonista de esta historia, marcó un antes y un después.
“Cuando la llamé por primera vez, me dijo: ‘yo no necesito nada, estoy perfectamente, pero me gusta mucho hablar, así que te agradezco que me llames’”, recuerda Ángeles. Esa primera conversación, que debía ser breve, duró 45 minutos.
La mujer, catedrática de historia del arte y amante de la cultura, despertó en Ángeles una inquietud que rápidamente se transformó en una rutina cuidadosamente tejida: tomaba notas en un pequeño bloc tras cada conversación, registraba los temas, la duración, la fecha… todos los datos que podía.
Y entre llamada y llamada, buscaba información para poder conversar con propiedad. “Yo intentaba que no se notara la diferencia cultural en temáticas artísticas que teníamos”, admite con humildad. Pero lo cierto es que aquella diferencia no fue obstáculo, sino punto de partida para un vínculo que creció con cada intercambio.
Un bloc de notas lleno de memorias
El bloc de Ángeles se convirtió en mucho más que un diario, sino en una memoria viva de la relación. Recogía anécdotas, referencias culturales, detalles personales y, sobre todo, el esfuerzo sincero por crear puentes entre dos mundos. “Yo me preparaba, investigaba, quería estar a la altura. Ella me recomendaba conferencias, sobre todo del Círculo de Orellana y del Ateneo, y yo me las veía todas. Me sirvió muchísimo, porque yo también estaba sola en casa”.
Durante ese tiempo, el voluntariado no solo ofreció compañía a la mujer mayor, sino también un propósito firme para Ángeles en otras áreas: “Aunque renuncié a cualquier actividad exterior, tomé la decisión de no dejar el voluntariado con personas sin hogar durante la pandemia y acudir al Centro Santa María de la Paz cada viernes ”. Este centro que pertenece a San Juan de Dios sirvió de refugio para aquellas personas en situación de sin hogar que no tenían un lugar donde refugiarse.
Un broche de las amigas
Cuando por fin pudieron verse en persona tras el confinamiento, la mujer invitó a Ángeles al Ateneo de Madrid. Allí le enseñó la biblioteca privada, normalmente cerrada al público, y pasaron juntas una tarde entera. Otro día, hicieron una visita cultural por el Madrid de los Austrias con el grupo de amigas de Ángeles, guiadas por la propia catedrática.
Pero fue en uno de esos encuentros cuando sucedió algo especialmente emotivo. “El primer día que nos vimos, me regaló un broche en forma de flor, un pensamiento, y me dijo: ‘Todas mis amigas tienen uno como este’. Lo tengo fijo en un vestido verde, y cada vez que lo veo, me acuerdo de ella”, cuenta Ángeles con emoción.
Ese pequeño objeto, sencillo y simbólico, significó mucho más que un regalo: fue una declaración de afecto, una forma sutil de incluir a Ángeles en su círculo íntimo.
Un reencuentro inesperado
Sin embargo, la vida a veces impone silencios. Tras unos meses, la relación se enfrió por razones personales difíciles en la vida de Ángeles que le hizo detener muchas de sus actividades. “Yo no tenía ganas de nada. De hecho, mirando el bloc vi que habíamos quedado justo en esa fecha”. Y así, sin dramatismos ni rupturas, la relación quedó en pausa.
Hasta ahora.
Gracias a la entrevista organizada para recoger su testimonio como voluntaria, Ángeles retomó el contacto. “Le hablé y me respondió diciendo que le alegraba mucho saber de mí y que le encantaría volver a vernos. Hemos quedado este fin de semana”, comenta con alegría contenida.
El broche sigue anclado al vestido. El bloc, repleto de palabras compartidas. Y esta entrevista teje un reencuentro. Porque esta historia no trata solo de acompañar a quien está sola. Trata de cómo, a veces, lo inesperado se convierte en una de las experiencias más transformadoras.
Porque el voluntariado es el motor que guía a San Juan de Dios. Y no sólo da; recibe. “He escuchado muchas veces eso de que la persona voluntaria recibe más de lo que da y nunca lo he creído. Hasta que llegó esta experiencia y transformó mi forma de pensar”